La cosecha pendiente: beneficios y riesgos del nuevo mapa comercial

La cosecha pendiente: beneficios y riesgos del nuevo mapa comercial

El comercio internacional atraviesa un momento de inflexión para el sector agroalimentario europeo. A las puertas de nuevos acuerdos con socios estratégicos como Estados Unidos, Mercosur y México, y bajo la presión de represalias arancelarias de China, agricultores e industrias de la UE ven cómo se reconfigura el tablero global. Bruselas insiste en que la apertura de mercados ofrece oportunidades históricas para los productos europeos de calidad, con denominación de origen y valor añadido. Sin embargo, las organizaciones agrarias y las patronales alertan de que, tras las cifras macroeconómicas, se esconde un riesgo evidente: competir con productores que operan bajo estándares distintos y convertirse en pieza de negociación en disputas geopolíticas.

El acuerdo UE–EE. UU.

El pasado 21 de agosto de 2025, la Unión Europea y Estados Unidos anunciaron un nuevo acuerdo comercial destinado a estabilizar las relaciones transatlánticas y rebajar las tensiones arancelarias. Bruselas lo presenta como un paso hacia la seguridad jurídica y la previsibilidad en los intercambios; sin embargo, el sector agroalimentario europeo no oculta su malestar, convencido de que las ventajas recaen principalmente en el lado estadounidense.

La dimensión de esta relación económica es indiscutible: en 2024, el comercio bilateral superó los 1,6 billones de euros, con un flujo diario de más de 4.200 millones. Sobre esa base, el acuerdo establece un tope arancelario del 15 % y, sobre todo, amplía el acceso de los productos agroalimentarios norteamericanos al mercado europeo. Soja, frutos secos, pescado, lácteos, carne de cerdo o alimentos procesados contarán con contingentes preferentes, mientras que sectores sensibles como vacuno o aves quedan excluidos.

Las organizaciones agrarias consideran que se trata de una concesión unilateral. En su opinión, Europa abre su mercado a insumos y alimentos producidos bajo estándares distintos, mientras que no logra contrapartidas en productos estratégicos.

Por su parte, la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB) también alerta de que las exportaciones seguirán soportando una barrera que resta competitividad a un sector con más de 18.000 empresas exportadoras.

 

Desde Bruselas se insiste en que esta apertura responde a una necesidad estructural: abaratar costes, garantizar la disponibilidad de materias primas y hacerlo dentro de un marco regulado y previsible.

 

Desde Bruselas se insiste en que esta apertura responde a una necesidad estructural: abaratar costes, garantizar la disponibilidad de materias primas y hacerlo dentro de un marco regulado y previsible. De ahí que la Comisión Europea recalque que los productos realmente sensibles para la agricultura comunitaria han quedado fuera de la liberalización. En realidad, son insumos que Europa ya necesita importar porque:

Soja y cereales → son fundamentales como materias primas para alimentación animal y, en buena medida, la UE no es autosuficiente.
Frutos secos → la producción europea (España incluida) cubre solo una parte de la demanda.

Pescados como el abadejo de Alaska → no se producen en Europa, pero son muy demandados por la industria transformadora.
Despojos cárnicos → tienen poco valor en Europa, pero sí gran salida en el mercado estadounidense o asiático, lo que facilita el equilibrio de la cadena.

A pesar de todo, lo cierto es que una guerra arancelaria con EE.UU. tampoco sería bueno para la Unión Europea y que la incertidumbre de estos meses han afectado negativamente a las exportaciones europeas. Según datos de la propia FIAB, entre enero y abril de 2025, las exportaciones españolas de alimentos y bebidas a EE. UU. cayeron un 3,7 %, después de haber crecido un 22,6 % en 2024. La propia federación atribuye esta caída en gran parte a la incertidumbre generada por el anuncio de posibles nuevas medidas arancelarias.

Por lo tanto, es cierto que el acuerdo aporta estabilidad, aunque también evidencia una asimetría: el agroalimentario estadounidense gana oportunidades de venta, mientras que el europeo mantiene aranceles y dudas sobre su capacidad de competir en igualdad de condiciones.

La cosecha pendiente: beneficios y riesgos del nuevo mapa comercial

Mapa mundi | Isabel Caballero

Mercosur y México

Por otro lado, la Comisión Europea ha presentado al Consejo sus propuestas para la firma del Acuerdo de Asociación con Mercosur y la modernización del pacto con México. Bruselas los describe como “hitos históricos” para reforzar el papel de la UE como primer bloque comercial del mundo, pero en el sector agroalimentario las opiniones se dividen entre la expectativa y la cautela.

El acuerdo con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay dará lugar a la mayor zona de libre comercio a nivel global, con un mercado de más de 700 millones de consumidores. Según la Comisión, permitirá aumentar hasta un 39 % las exportaciones europeas al Mercosur (49.000 millones de euros adicionales) y protegerá 344 indicaciones geográficas, clave para productos de calidad diferenciada. Además, incluye salvaguardias para sectores sensibles como la carne de vacuno o las aves de corral.

El pacto con México, por su parte, actualiza un marco en vigor desde el año 2000 y elimina aranceles que llegan hasta el 100 % en alimentos como queso, carne de porcino, chocolate o vino. Con más de 70.000 millones de euros ya exportados anualmente, se espera un impulso adicional que beneficiará a la agroindustria europea y a productos con denominación de origen, que ahora quedan mejor protegidos.
Pese al optimismo de Bruselas, las dudas persisten. La entrada de carne sudamericana, producida en condiciones muy diferentes a las europeas, preocupa a agricultores y ganaderos que temen un aumento de la competencia en sectores estratégicos. A cambio, la UE obtiene acceso a mercados de gran tamaño, pero con limitadas garantías sobre sostenibilidad, trazabilidad o cumplimiento de estándares equivalentes.

 

En síntesis, los acuerdos con Mercosur y México abren puertas para el agroalimentario europeo, especialmente en exportaciones de calidad, pero también plantean un reto mayúsculo: competir en igualdad con productores que operan bajo marcos regulatorios mucho menos exigentes.

 

Mientras la mayoría de los sectores agroalimentarios han expresado su rechazo o preocupación frente a los recientes acuerdos y tensiones comerciales, el sector vitivinícola ha mostrado una postura distinta. La Federación Española del Vino (FEV) ha celebrado los pactos de la UE con México y Mercosur, considerando que suponen una oportunidad estratégica para ampliar los mercados internacionales. Según José Luis Benítez, director general de la FEV, la diversificación de mercados es clave para las bodegas españolas y, aunque Brasil y México no compensen las posibles pérdidas en Estados Unidos, ofrecen un enorme potencial de crecimiento. En 2024, las exportaciones de vino español a México crecieron un 14,6 % en valor, consolidando su posición como el duodécimo mercado y el cuarto con mayor precio medio. Desde Bruselas, el Comité Europeo de Empresas Vitivinícolas (CEEV) ha instado a acelerar la ratificación de estos acuerdos para facilitar la eliminación de aranceles, fortalecer la protección de indicaciones geográficas y simplificar los procedimientos de importación, asegurando así condiciones más predecibles y competitivas para el comercio del vino europeo. En palabras de Marzia Varvaglione, presidenta del CEEV, estos pactos representan “claros beneficios y ningún riesgo” para los productores vitivinícolas, reforzando la presencia global del sector europeo.

La cosecha pendiente: beneficios y riesgos del nuevo mapa comercial

Barco carguero en un puerto | Isabel Caballero

China

Y por si todo esto fuera poco, China ha anunciado la imposición de aranceles antidumping de entre el 15,6 % y el 62,4 % a la carne de cerdo de la Unión Europea. La medida, que ha entrado en vigor el 10 de septiembre, afecta a exportaciones valoradas en más de 2.000 millones de dólares y añade tensión a la ya delicada relación comercial entre Bruselas y Pekín.

España es uno de los países más perjudicados: en 2024 exportó a China 540.000 toneladas de porcino por un valor superior a 1.097 millones de euros, lo que representa casi el 20 % del volumen total exportado y el 12,5 % del valor de las ventas exteriores del sector. Gran parte de estos envíos se centra en despojos (orejas, morros, patas) muy apreciados en el mercado chino, pero de difícil colocación en otros destinos.

Los aranceles oscilan en función de la cooperación con la investigación: el 62,4 % recae sobre las empresas que no colaboran, mientras que las que sí cooperan han visto reducciones al 20 %. Entre las seleccionadas como muestra, la española Litera Meat afrontará un 15,6 %, mientras que la holandesa Vion tendrá un 32,7 %. Gigantes españoles como El Pozo, Campofrío, Noel o Sánchez Romero Carvajal están directamente expuestos.

 

En Bruselas, la medida se interpreta como represalia frente a los aranceles que la UE impuso a los vehículos eléctricos chinos. Pekín mantiene además investigaciones abiertas sobre lácteos y brandy, reforzando la sensación de un pulso comercial en escalada.

 

El sector agroalimentario español habla de “golpe duro” y teme un impacto inmediato. INTERPORC ha iniciado contactos con el Gobierno y autoridades chinas para buscar soluciones, mientras que ASAJA denuncia que agricultores y ganaderos se han convertido en “moneda de cambio” en disputas geopolíticas. La organización recuerda que la medida llega en un momento crítico: costes al alza, caída de precios, desplome del 66 % de las exportaciones porcinas entre 2020 y 2024 y competencia internacional creciente.

La investigación china se prolongará hasta diciembre de 2025, cuando se decidirá si los aranceles provisionales se convierten en definitivos. Hasta entonces, la incertidumbre marcará un sector clave para el sector español y europeo.

Los acuerdos y tensiones recientes evidencian una paradoja: mientras Europa se presenta como adalid del libre comercio y de la sostenibilidad, sus agricultores y ganaderos sienten que pierden terreno frente a competidores que no comparten las mismas reglas. Estados Unidos obtiene mayores ventajas en acceso al mercado europeo; Mercosur y México abren oportunidades, pero también puertas a una competencia desigual; y China utiliza el sector porcino como instrumento de presión política. En este escenario, el reto no es solo abrir mercados, sino garantizar condiciones equitativas que permitan al agroalimentario europeo, y en particular al español, mantener su competitividad sin sacrificar la viabilidad de un modelo basado en calidad, trazabilidad y sostenibilidad.

Ningún comentario

Escribe un comentario